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  • Contra molinos de viento : La verdad sobre las vacunas (y sobre los negacionistas)


    21/02/2012

    Cuando se trata de negar la evidencia que no coincide con nuestros prejuicios, el ser humano no tiene límites.  Los negacionismos van desde temas que requieren más o menos conocimientos, como negar la mecánica cuántica o el calentamiento global a auténticos "¿Pero qué me estás contando?" del tipo negar que la Tierra es redonda.  Cuando se empieza una discusión sobre algún tema negado (o sea, prácticamente cualquier tema) no tarda en aparecer alguien que argumenta que cada uno es libre de creer lo que quiera, que todas las opiniones son respetables y que pensar diferente no hace daño a nadie.

    Por desgracia, eso no es cierto.  Ni todas las opiniones son respetables (de hecho, ninguna lo es, las personas pueden ser respetables, las opiniones no), ni tener ciertas ideas es inocuo.  El problema de suspender el sentido crítico en un tema, por muy inofensivo que sea, es que, una vez suspendido en un asunto, es muy fácil que esa costumbre se extienda a otras áreas mucho más sensibles, como la salud.  Así, no hay más que ver el efecto que tiene que el presidente de una nación como Sudáfrica dé cancha a las ideas más estrafalarias como el negacionismo del sida:  más de 300.000 muertos(1).  Casi tres veces más muertos que en la masacre de Nanking, que fue calificado de genocidio.

    Eso ocurre cuando el "disidente" tiene poder, pero cuando el negacionismo y la conspiranoia se instala en el ciudadano de a pie también tiene consecuencias, tanto para él/ella como para los demás.  Una de estas ideas, cuyos efectos se empiezan a notar cada vez más, es la del negacionismo de las vacunas.  Este movimiento es fundamentalmente primermundista.  Aquí estamos muy "mimados" y ya quedan pocos que recuerden el terror de una epidemia de gripe o sarampión o la angustia de ver que tu hijo contraía poliomielitis y se quedaba tullido de por vida.  Los habitantes de países en desarrollo saben por desgracia lo que es enfrentarse a una enfermedad sin vacunas ni medicinas y darían lo que fuera por tener acceso a ellas, pero nosotros no.  Nosotros somos muy listos y tenemos más confianza en los consejos médicos de una conejita de Playboy y un médico condenado por mala praxis que en los del resto de la comunidad médica.  Con la excusa de que las vacunas tienen efectos secundarios, reales o imaginados, se niegan a vacunar a sus hijos.

    Las vacunas, como cualquier otra intervención médica, tienen efectos secundarios.  No todos los que se leen por internet (no producen autismo, por ejemplo), pero algunos tienen.  Lo importante no es que los tengan, sino con qué frecuencia los tienen.  Es eso lo que evalúa un médico antes de prescribir cualquier tratamiento: evaluar los riesgos que conlleva y sopesar si los beneficios compensan los riesgos.

    Así, por ejemplo, la vacuna triple vírica, que protege contra el sarampión, la rubeola y las paperas, tiene una incidencia de reacciones alérgicas graves de menos de 1 por cada millón de dosis.  Es decir, por cada millón y pico de vacunados, uno tendrá que ser hospitalizado por una reacción alérgica.  En comparación, el sarampión tiene una tasa de mortalidad del 0.3%, es decir, mueren 3 de cada mil infectados.  Hay 3000 veces más muertos por la enfermedad que reacciones alérgicas graves, que no son muertes, por la vacuna.  Uno de cada diez infectados por paperas acaba teniendo complicaciones de meningitis con riesgo de quedar sordo o ciego.  En mujeres embarazadas sin vacunar, 1 de cada 5 infectadas acaba abortando y en los casos en los que no aborta, 2 de cada 5 niños nacen con el síndrome de rubeola congénita.  Y esas cifras son para pacientes del primer mundo, bien alimentados, saludables y con acceso a sistemas de salud eficientes.  En los países menos desarrollados, los efectos son devastadores.


    Esto es lo que le pasa a un niño con sarampión.

    "Pero claro.  Si los demás se vacunan, ¿quién va a contagiar a mi niño?  No le vacuno, me ahorro el minúsculo riesgo que tiene la vacuna, pero obtengo los beneficios de que todo el mundo sí asuma ese riesgo y vacune a sus hijos." piensan esos padres, convirtiéndose en parásitos sociales.  Establecen una relación de parasitismo con todos los demás, obtienen beneficios de la sociedad que parasitan al tiempo que le causan un perjuicio, convirtiendo a sus hijos en potenciales vectores de transmisión de estas enfermedades y poniendo en peligro a aquellos que por edad o problemas médicos no pueden vacunarse o simplemente eres de a los que le ha tocado ser parte del porcentaje de vacunados en los que la vacuna no funciona.

    Mientras son pocos, los efectos no son demasiado graves.  El daño que causan es poco.  El problema es que, como todos los parásitos, si proliferan demasiado, su huésped empieza a resentirse y empieza a tener problemas serios.  Y eso es lo que está ocurriendo actualmente.  Tras el lamentable despropósito de Wakefield y compañía, las tasas de vacunación han bajado de forma alarmante en algunos países desarrollados.  Y los resultados no se han hecho esperar.

    Este es el auténtico efecto de las vacunas. 
    Hay que recordar que esos números son personas.

    En 2008, 12 niños contrajeron sarampión en un colegio de San Diego.  Los padres de 9 de ellos se habían negado a vacunarlos, los otros 3 todavía eran demasiado pequeños para vacunarse.  Esos padres pusieron en peligro la salud no sólo de sus hijos, sino la de los otros tres niños.

    Entre Enero y Mayo de 2011 se produjeron 118 casos de sarampión, el mayor número desde 1996.  De estos casos, 47 tuvieron que ser hospitalizados y 9 desarrollaron neumonía(2).

    En 2011 ha habido un brote epidémico de sarampión en 33 países europeos.  En el más afectado, Francia, fueron notificados más de 10.000 casos en los primeros cuatro meses de 2011, con un resultado de 12 encefalitis (que suele acarrear daños neurológicos permanentes), 360 de neumonía y 6 muertos.  En España tuvimos dos brotes, en 2010 en Sevilla y en 2011 en Granada, con más de 600 afectados.

    A finales de 2010, en California se produjo el mayor brote epidémico de tos ferina desde los años 50, con 5.200 casos y 9 muertos.  Los nueve muertos eran bebés demasiado pequeños para vacunarse.  Es decir, los parásitos antivacunas mataron a esos nueve niños.

    Aunque seamos justos.  La estupidez no es patrimonio exclusivo de pseudohippies del primer mundo.  La religión fue uno de los primeros enemigos de las vacunas ya en los tiempos de Jenner, y sigue siendolo.  En 2001, los líderes religiosos del norte de Nigeria empezaron a predicar en contra de las vacunas, ya que eran un veneno occidental.  ¿El resultado? Las campañas de vacunación se tuvieron que suspender por motivos de seguridad y la poliomielitis, el sarampión y otras enfermedades que estaban casi erradicadas volvieron con fuerza, causando miles de muertos (principalmente niños) y lisiados de por vida.  Los brotes epidémicos que ha sufrido Nigeria se han extendido a los países limítrofes y hoy en día, la mitad de los casos de polio a nivel mundial se dan en Nigeria.

    Pero alguien piensa que negarle a tus hijos tratamientos médicos que pueden evitarle la muerte o secuelas de por vida es lo más irresponsable que puede hacer alguien, se equivoca.  Últimamente se han puesto de moda entre los círculos naturo-alternativos las pox parties, las fiestas de sarampión (o varicela, o gripe).  ¿En qué consisten? Pues en que, cuando un niño se pone enfermo con alguna de estas enfermedades, los padres traen a sus amiguitos para que les contagien y obtengan así una inmunidad "natural".  Así, como suena.  Las vacunas son malas porque son "quimicas", artificiales, etc. pero un agente patógeno virulento es de lo más sano del mundo.

    Y claro, luego son los demás los que tenemos que pagar sus genialidades, tanto en facturas médicas como con la vida y salud de quien no tiene culpa de su estupidez.

    Referencias

    (1)AIDS and the Scientific Governance of Medicine in Post-Apartheid South Africa. African Affairs 107 (427): 157–76
    (2)CDC Morbidity and Mortality Weekly Report (MMWR)