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  • La Ciencia y sus Demonios : Si no echamos el freno pronto, nos vamos al garete


    19/03/2015

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    Estamos en el tercer planeta de un sistema solar localizado en el extremo de una galaxia que los terrícolas llaman Vía Láctea. Desde lejos parece una mota de polvo azulada, pero si nos acercamos lo suficiente podremos escuchar la música que sale de él. Los habitantes siguen tocando y danzando en su viaje alrededor del Sol igual que la orquesta del Titanic alegraba la noche a unos pasajeros que no eran conscientes de su destino.

    Al igual que el Titanic, los humanos nos encaminamos de frente hacia el iceberg y, en lugar de girar el timón y limitar nuestra velocidad, ponemos las máquinas a todo lo que den de sí. La colisión se antoja inminente, pero la música cada vez se oye desde más lejos. Y no estoy hablando de películas de ciencia ficción donde se describen catástrofes apocalípticas sino de lo expuesto en un reciente artículo, escrito por Johan Rockström y colaboradores, publicado recientemente en la revista Science. En dicho artículo se postula que los humanos hemos traspasado una serie de líneas rojas que ponen a nuestra especie en peligro. En concreto se han superado 4 de las 9 que se han marcado como señales de peligro: cambio climático, extinción masiva de especies, adición desmesurada de nitrógeno y fósforo en los ecosistemas y deforestación.

    Y aún no hemos cruzado líneas rojas, como la acidificación de los océanos, la reducción de la cantidad disponible de agua dulce para el consumo, la emisión de aerosoles venenosos o la disminución de la capa de ozono aunque, año tras año, nos acercamos a ellas mientras hacemos sonar las sirenas de nuestro gran buque.

    Las 9 líneas rojas de nuestro planeta

    Las 9 líneas rojas de nuestro planeta

    Durante mucho tiempo se ha extendido la idea de que la Tierra puede absorber cualquier perturbación a la que la sometamos. Pero parece que esto no es así. Por ejemplo somos testigos de la llamada sexta extinción; la deforestación avanza de forma implacable por los grandes bosques tropicales del planeta, así en la amazonia se pierde una superficie comparable a Bélgica cada año; la población actual está por encima de los 7 mil millones de habitantes (en 1960 eramos menos de 3 mil millones); se pierden unos 100.000 kilómetros cuadrados al año de tierra cultivable como consecuencia de la actividad humana; se detecta con mayor frecuencia compuestos tóxicos (mercurio, metales pesados, pesticidas) en las cadenas tróficas y en los alimentos que ingerimos, etc. El tamaño del planeta es finito, con lo que por una simple operación matemática resulta fácil de entender que si seguimos añadiendo perturbaciones en los ecosistemas, habrá un momento en el que sobrepasaremos su capacidad de tamponamiento.

    Sin embargo seguimos embalados, nada nos para. Eso no quiere decir que no se esté haciendo nada, hay marineros que intentar desviar el rumbo del buque o disminuir su velocidad, para esquivar o chocar con menor violencia contra el iceberg. Pero también hay intereses creados para que nadie haga caso a esos marineros. Hace un par de décadas la industria tabaquera tenía en nómina a políticos, científicos y periodistas que se dedicaban a minimizar las críticas sanitarias sobre el tabaco. Se desprestigió a médicos, grupos de investigación y centros de salud durante años, a pesar de que las publicaciones científicas que relacionaban el tabaco con el cáncer, enfermedades pulmonares y dolencias cardíacas se podían contar por cientos. Igual está ocurriendo hoy con la industria de los refrescos, las petroleras o las farmacéuticas, que tratan de minimizar el efecto del exceso de azúcar refinado sobre la salud, el incremento de polución y de temperatura en el planeta debido al uso desmesurado de los combustibles fósiles o la eficacia y falta de efectos secundarios de algunos de sus productos estrella, respectivamente. Todo ello a pesar de que, en muchos casos, hay centenares de estudios científicos que demuestran lo contrario.

    Porque admitir que nuestro barco está en peligro si continuamos con este rumbo no entra en nuestros planes. Nunca lo ha estado. La obra Colapso del geógrafo Jared Diamond nos muestra como una civilización puede desaparecer si avanza con anteojeras. Un ejemplo muy ilustrativo fue el de los habitantes de la isla de Pascua, que esquilmaron la vegetación de la isla y todos sus árboles hasta su propia autodestrucción. A esa falta de perspectiva, o de pasar por alto las llamadas de atención del entorno, se unen los avariciosos propósitos de otros. Algunos ya no se conforman con vivir muy bien y tener asegurado su futuro y el de sus allegados, no. Parece que necesitan mayor riqueza que el producto interior bruto de varios países juntos, acumular tal número de propiedades que difícilmente les dará tiempo a pasar más de un día de su vida en ellas. Ese afán de riqueza desmesurado tampoco es sostenible en un planeta donde los recursos son limitados.

    Por tanto bajar la velocidad no parece fácil. Especialmente si la avaricia y la falta de ética en los negocios campan a sus anchas. Los países industrializados han destruido una parte importante de sus ecosistemas, por lo que tampoco tienen una gran fortaleza moral para pedirles a aquellos países de gran patrimonio natural, que dejen de desarrollarse para preservarlo. O se llega a acuerdos que se antojan complejos o seguiremos echando carbón a las calderas del transatlántico. A los humanos no nos falta inventiva, pero mucho me temo que el cambio de rumbo no se producirá hasta que recibamos un aviso serio, porque parece que nadie se acuerda de las generaciones que van a continuar aquí, que al fin y al cabo son nuestros propios descendientes. Espero por el bien de la humanidad que ese aviso no provoque un cataclismo que haga retroceder nuestra civilización varios siglos.

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