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  • La lista de la vergüenza : La homeopatía y la ciencia en Tenerife


    19/11/2014

    La verdad, yo había ido a Tenerife a dar una charla sobre esta lista (y otra sobre el canon por copia privada) y a saludar a buenos amigos como Luis Capote o Eparquio Delgado, pero era poco probable que coincidiese con el II Encuentro Internacional de Homeopatía Canarias-Cuba-México. Y no porque no conociera el magno evento: la prensa (y hasta las webs institucionales) se habían encargado de darle publicidad en cantidades nada homeopáticas. Lo que pasa es que tan acuoso evento empezaba el día 14 de noviembre, el mismo en el que yo tenía que tomar el avión para volver a casa.

    Sitio web del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife    Noticia
    La noticia en la página web del ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife

    Por otra parte tengo que reconocer que el Encuentro me daba un poco de miedo. No por su contenido (el de siempre) ni por su trascendencia (probablemente también la de siempre), sino porque amenazaba con ahogar la lista en un mar de etiquetas. Según el programa (que pueden consultar en este pdf cortesía del muy homeopático Colegio de Médicos de Zaragoza) la lista de entidades colaboradoras es la siguiente:

    Entidades colaboradoras en las jornadas

    Es cierto que algunas de ellas son instituciones privadas (aunque casi siempre se han beneficiado de una buena cantidad de dinero público, como el Hospital de San José, protagonista de esta rocambolesca historia cuyo resultado final siguen intentando desesperadamente retrasar todo lo posible en los Tribunales), pero la mayoría son públicas o asimilables a las públicas, como los Colegios Profesionales, y por tanto objeto de las atenciones de esta lista.

    Así que, en principio, mi idea era simplemente dedicar una entrada al dinero, medios y apoyo público arrojados una vez más por el desagüe del agua milagrosa. Pero la cosa cambió cuando recibí este tuit de Laura Saavedra:

    Laura Saavedra me anuncia que ella y Juan Carlos Montero van a asistir a una charla homeopática
    El tuit que no cambió la historia, pero sí que dio lugar a esta historieta

    Lo que siguió se lo pueden imaginar:

    Y allá que nos fuimos

    Así que allá que nos fuimos Laura, Juan Carlos y yo. Porque no era una charla cualquiera, no: iban a hablar nada menos que de La Homeopatía y la Ciencia Contemporánea. Con ese título era como para perdérsela, ¿verdad?

    La ponente también era excepcional. Copio del programa:

    Ponente: Dra. Niurka Meneses. Licenciada en Física Nuclear (Cuba), Doctora en Filosofía. Investigadora del Área Biomédica (Cuba, México y Suiza). Profesora de la Universidad de Berna (Suiza).

    El anuncio de la charla con el currículum de la ponente.

    Bueno, hay que reconocer que tras la charla, cuando investigamos un poco, el currículo se… digamos que se diluyó un poco. Según su perfil de Linkedin sí que se licenció en Física Nuclear en Cuba y se doctoró en Ciencias Biomédicas en México, pero lo de Berna fue más bien un puesto de investigador asistente que le duró hasta marzo de 2013. De hecho su ocupación actual es, cito textualmente, “gerente general en Felicidad“, algo que consigue desde una cosa llamada “Wasanga” cuya web prefiero ni mirar.

    Pero eso, como digo, no lo sabíamos. Lo que sabíamos (o creíamos saber, a tenor de la presentación que hicieron de la conferenciante) es que estábamos ante una acreditada profesora de la Universidad de Berna dedicada a la investigación científica de la homeopatía, y que nos iba a poner al día en los últimos avances de esta disciplina que, no lo olvidemos, ha conseguido alzarse ya con dos premios Nob… perdón, Ig Nobel. Claro que también nos dijeron (de hecho empezaron la charla haciendo hincapié en ello) que la homeopatía es una disciplina perseguida y reprimida, lo cual resultaba muy chocante teniendo en cuenta que la charla se estaba celebrando nada menos que en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de La Orotava y que ninguno de los asistentes parecía angustiado ante la perspectiva de que los GEO irrumpieran en el local para llevarnos a la trena.

    El acto "clandestino"
    Muy perseguidos no parece que estuvieran…

    Lo que sí pareció estar contra los homeópatas fue la tecnología, o eso dijo el presentador del acto al explicar que no habían podido poner en marcha las transparencias. Claro que el contenido de la charla dejó claro que también están en su contra la química, la física, la biología y hasta la más elemental capacidad de razonamiento.

    Después de volver a glosar su currículo (el que figura en el programa, no el de Linkedin) y de agradecer su amabilidad a los organizadores, los asistentes y al gran Hahnemann, que descubrió la ley (atentos a este término, porque saldrá más adelante) de que lo similar cura lo similar, la ponente nos explicó que había empezado a experimentar con esto de la homeopatía de la manera más inocente: acostumbraba a tomar homeopatía pero no le gustaba el sabor de la solución hidroalcohólica, así que la diluía en agua antes de tomársela y luego, sin ser consciente del terrible peligro que había corrido (imagínense, al diluirla la potenciaría y cualquiera sabe lo que le habría podido hacer una “medicina” tan potente), echaba el resto a las plantas. Y estas, claro, crecían lozanas y fuertes, mucho más que las que no recibían el riego. Y antes de que piensen ustedes lo que también pensamos nosotros: la señora aclaró que las otras plantas también las regaba, aunque con agua normal y corriente, de la que no se acuerda de nada.

    Ya saben cómo es esto del espíritu científico: a raíz de aquello a la señora se le puso en marcha la curiosidad científica y decidió experimentar con plantas de una manera más rigurosa, aunque, ¡ay!, los asistentes nos quedamos con las ganas de saber cuál era, porque se limitó a contarnos un par de anécdotas. Según la primera de ellas, se le ocurrió preparar una dilución homeopática con los compuestos empleados para la separación del ADN en las muestras celulares, obteniendo resultados idénticos a los del compuesto sin diluir. Confieso que aquí se me arrugó un poco el ceño, porque en principio parece que debería esperarse que los resultados fueran los contrarios a los del compuesto no diluido, según esa ley del gran Hahnemann. Pero no se me notó, porque la otra anécdota me hizo taparme la cara. Tal que así:

    No soy yo, pero la postura y el peinado es el mismo
    No soy yo, pero la postura y el peinado son idénticos | Picard haciendo un “facepalm”

    Y es que la señora contó otro experimento, esta vez al aire libre: en México usó homeopatía para tratar un cafetal contra la temible broca del café, un insidioso bichito que causa estragos en las cosechas de todo el mundo. En principio la cosa no parecía que fuese a ir más allá que la de cualquier otra anécdota “amimefuncionista”, aunque quizá un poco desencaminada: entre los remedios que habitualmente se emplean contra la broca está la técnica del trampeo, que atrae a los bichos hacia unas trampas gracias a que por lo visto se pirran por el alcohol, de modo que la dilución hidroalcohólica homeopática de la ponente probablemente hubiese agravado aún más el problema. Pero lo mejor fue que la señora, notando el entusiasmo de los asistentes a la charla, no pudo resistirse a contar un par de detalles más: que el remedio “curó” a toda la plantación y que lo hizo a pesar de que solo lo aplicó a algunas plantas, pero estas se lo “transmitían” de unas a otras. Todo un ejemplo de solidaridad entre las plantas y también de lealtad inquebrantable hacia su propietario, porque -como también puntualizó la señora- los cafetales vecinos siguieron siendo arrasados por la plaga, señal inequívoca de que las plantas no habían querido transmitir la curación a las de los campos de otros dueños.

    Quizá porque las plantas sabían que los otros dueños eran partidarios de la medicina “alopática”. Porque, por supuesto, la ponente empleó el término inventado por Hahnemann para calificar a la medicina convencional, añadiendo además una confusa explicación acerca de su toxicidad: por lo visto los medicamentos (los de verdad) nos sientan mal porque son sustancias ajenas al organismo y las ingerimos a un ritmo mayor que el que pueden asumir los riñones, de modo que vamos acumulando… sí, lo adivinaron: “químicos”, palabra que alternó alegremente con “veneno”.

    Por suerte, explicó, podemos elegir como alternativa la homeopatía, que no es una medicina “química”, sino “física”, y de hecho la explica la “Física Cuántica“. Momento en el cual, todo hay que decirlo, se me escapó un suspiro: llevaba toda la charla esperando a que surgiera la Física Cuántica por algún lado. Claro que me llevé un chasco: tras mezclar confusamente el modelo estandar y las cuerdas, la ponente se limitó a decir que la homeopatía modifica la vibración de las cuerdas, lo cual en ciencia es el equivalente a decir que Gandalf modifica el espín de los bosones: es una solemne bobada, no explica nada y no tiene nada que ver con la realidad, pero hay a quien le suena la mar de profundo y convincente.

    Convincente sobre todo para quienes no se hubiesen molestado en leer el título de la charla, porque la cosa no dio mucho más de sí. La ponente contó algún experimento más (en el que había usado una proteína homeopáticamente dinamizada obteniendo el mismo resultado que con la proteína sin dinamizar), se quejó amargamente de que la investigación en homeopatía está siendo sistemáticamente saboteada por las multinacionales farmacéuticas (bueno, y agroquímicas), y alternó las críticas hacia la “alopatía” con llamamientos a una medicina “integrativa” que la use junto con la homeopatía. Y bueno, no paró de ofrecer sus servicios como investigadora “por si hay alguien aquí de la Universidad de La Laguna o de Las Palmas”, llamamiento que me temo cayó en saco roto.

    Después vinieron las preguntas, y ahí reconozco que no me pude contener, y de entre las muchas que me habían surgido a lo largo de la charla seleccioné dos. La primera se refería a los resultados de sus, ejem, experimentos: en teoría, y conforme a la ley (¿recuerdan?) de los similares, los resultados que debía haber obtenido no tendrían que haber sido los mismos que los de las sustancias sin diluir, sino los opuestos. Tras un breve e incómodo silencio, la ponente se las arregló para salir airosa (más o menos) explicando que, bueno, que más que una ley aquello era una filosofía, pero que hay excepciones, por ejemplo… ahoramismonomeacuerdo pero hay alguna. En fin…

    La segunda pregunta se refería a la financiación: si, como decía ella, las multinacionales farmacéuticas se niegan a financiar la investigación en homeopatía, ¿por qué no les pide el dinero a las multinacionales homeopáticas, que obtienen jugosas ganancias y que sin embargo dedican cantidades irrisorias a la investigación? Lo cierto es que la ponente no supo contestar, pero lo hizo por ella una asistente que resultó ser nada menos que Pilar Casaseca, médico y presidenta de la Asociación Homeopática de Tenerife. Todo un peso pesado que resultó no serlo tanto: tras unos cuantos intentos de salirse por peteneras acabó diciendo que allí no había ningún representante de esas empresas y que se lo preguntase a ellos. Lo malo, ay, es que yo no había preguntado por qué las empresas no pagan la investigación (eso ya lo supongo), sino por qué la ponente no se dirigía a ellas para pedirles que se la financiaran. Pregunta que, ignorando las protestas de la doctora Casaseca, volví a dirigir a la ponente, que acabó abriendo los brazos y reconociendo que no tenía respuesta. Bueno…

    Las intervenciones del público siguieron con alguien que hizo lo que calificó como preguntas “más amables” que las mías (yo, que soy un pedazo de pan), aunque luego resultó que no lo eran: lo que para el señor que preguntó era una oportunidad para que la ponente se cubriera de gloria hablando de su importante labor investigadora en la Universidad de Berna acabó en un reconocimiento de que los experimentos los hizo por su cuenta y en su tiempo libre, y el silencio más absoluto respecto a su labor actual en tan importante institución docente, ya que la señora olvidó decir que ya no trabaja allí. Aunque, eso sí, volvió a repetir que estaría encantada de investigar en alguna de las universidades canarias. Otras preguntas se centraron en la agricultura, protagonizadas por una joven pareja que presumía tanto de su huerta ecológica como de que su pobre hijita había “adquirido de forma natural la inmunidad contra la varicela” (es decir, no la habían vacunado, sino contagiado). Los chicos estaban angustiados por la posible presencia de “químicos” en sus tierras y preguntaban por algún remedio homeopático contra esos “venenos”. Que según la ponente lo había, ya que (cito) “la tierra también es un organismo vivo y por tanto puede curarse”, aunque también les advertía que el agua mágica podría tardar varios años en hacer efecto. La pareja pareció sentirse aliviada, viendo ahí la solución a problemas tan terribles como el hecho de que las patatas que plantaban junto a los calabacines no rendían tanto como las que plantaban solas, hecho que por supuesto atribuían a algún potingue maléfico con el que habían fumigado a los calabacines y no a algo tan simple como la presencia o no de plantas competidoras.

    Pero el debate no había concluido, ni mucho menos, y a continuación fue Juan Carlos Montero quien volvió a agitar las plácidas aguas homeopáticas con una serie de preguntas sobre la presunta acción biológica de la homeopatía o la evidencia científica respecto a su eficacia. Y aquí se armó la gorda, claro. A pesar del título de la conferencia, traer a colación a la ciencia en una charla sobre homeopatía es como presentarse en misa con un escurrepastas en la cabeza, y si bien la ponente no sabía qué contestar, alguno de los presentes (incluyendo a la doctora Casaseca) sí que sabían, en voz más bien alta y con expresiones muy poco amables. Total, para decir lo de siempre: que la homeopatía tiene doscientos años de antigüedad y muchísimos seguidores, así que algo tendrá. Curiosamente, cuando yo señalé que las peregrinaciones a Lourdes también son centenarias y cuentan con muchísimos creyentes el moderador, que hasta ese momento había guardado un silencio muy incómodo, se apresuró a indicarnos que esto no era un debate entre el público, sino un turno de preguntas a la ponente. Y digo “curiosamente” porque esa llamada de atención nos la dirigió exclusivamente a mis acompañantes y a mí, no a los entusiastas del agua mágica de Hahnemann que habían tomado para ellos la difícil tarea de responder a preguntas que se apartaban del guión previsto. De hecho, cuando la doctora Casaseca pidió a continuación la palabra ni siquiera tuvo la deferencia de dirigirse a la pobre ponente, sino directamente a nosotros, iniciando de nuevo un debate en el que no sufrió una derrota por KO dialéctico gracias, de nuevo, a la intervención salvadora del moderador. Intervención que se produjo solo en contadas ocasiones: aunque a lo largo del debate tuvimos que puntualizar desde la historia de Benveniste (que la ponente solo contaba hasta la mitad, omitiendo cualquier mención a las comprobaciones de John Madox y su comisión) hasta la situación legal de la homeopatía en diversos países, el moderador solo intervino cada vez que la doctora Casaseca tomaba la palabra, se dirigía a nosotros iniciando un nuevo debate, y volvía a apañárselas para perderlo.

    Aunque no todo el mundo compartía la hostilidad de la doctora, ni mucho menos. Al finalizar aquello la ponente vino a saludarnos amablemente (y a ofrecernos sus servicios como investigadora, la pobre), y un par de asistentes se quedaron a charlar amigablemente con nosotros, defendiendo “la libertad de elección de tratamiento” (expresión que traducida a nuestro idioma quiere decir “que la seguridad social nos pague nuestros placebos”), repitiendo las consignas habituales (ya saben: que el método científico no vale para la homeopatía, que el hecho de que no se conozca cómo funciona no implica que no funcione… lo de siempre) y hasta presumiendo de sus saberes en todas las facetas imaginables de la pseudociencia y la charlatanería: uno de ellos presumía de sus estudios de reiki y astrología, y tras indicar que “nosotros formamos la realidad” confesó que estaba estudiando, tachaaaaan, Física Cuántica. Reconozco que casi me dio pena cuando (con un emocionado recuerdo a Javier Peláez) le dije que eso me venía muy bien y que me daba vergüenza no comprender bien un concepto tan básico, pero, aprovechando que él estudiaba esas cosas, ¿podría explicarme que es el espín? Y, no sé, tendré que comentarlo con Francis Villatoro o Enrique Borja, pero me da la impresión de que la respuesta que me dio (literalmente: “eeeeh… no“) no era muy completa.

    Y eso fue lo que dio de sí la charla. La fase posterior, cuando Laura, Juan Carlos y yo pasamos un buen rato de vinos, tapas y conversación agradable, es otra historia. Pero créanme: mucho, mucho más provechosa y agradable que ese rato de escuchar fantasías, disparates pseudocientíficos y unos argumentos tan etéreos como la memoria del agua dinamizada.

    La entrada La homeopatía y la ciencia en Tenerife fue escrita en La lista de la vergüenza.