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  • La lista de la vergüenza : Comenzando el curso con pseudociencia


    15/09/2014

    CMC1

    En estas fechas en las que llega el comienzo del curso escolar (salvo en la Comunidad Valenciana, donde alguna mente no muy pensante ha decidido que los niños deben sentarse al calorcito de las aulas desde el pasado 3 de septiembre), es normal que las familias anden con los últimos preparativos: la mochila, los cuadernos, los útiles de escribir y, por supuesto, los libros. Libros nuevos, además, gracias a la sabia decisión de otra mente no pensante. Y claro, con las prisas mucha gente los echará en la mochila sin echarles siquiera un vistazo, aunque solo sea por ver si están impresos en piel de becerro y encuadernados con hilo de oro o hay algún otro motivo que justifique su precio. Pero también hay quien los revisa para ver qué les van a enseñar a sus hijos.

    Y se encuentra cosas como estas:

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    Por si les cuesta leer el texto, transcribo:

    El consumo de alimentos transgénicos puede provocar la aparición de reacciones alérgicas insospechadas en las personas. Por ejemplo, las fresas resistentes a las heladas, por llevar incorporado un gen de un pez ártico, podrían producir una crisis alérgica a las personas alérgicas al pescado y que consumieran las fresas transgénicas. Por esta razón, y a petición de los consumidores y ecologistas, existe un reglamento sobre el etiquetado de todos los alimentos e ingredientes alimentarios fabricados total o parcialmente con plantas transgénicas. El principio de precaución desaconseja que este tipo de alimentos se incluyan en nuestra dieta hasta que los resultados de las investigaciones demuestren su seguridad para la salud humana.

    Desde el punto de vista económico, existe la preocupación de que las compañías multinacionales que producen organismos transgénicos lleguen a tener el control sobre los recursos mundiales. Los cultivos tradicionales en el tercer mundo están siendo sustituidos por los cultivos transgénicos, cuyas semillas son suministradas por las grandes empresas biotecnológicas. La inserción en las plantas de los genes terminator, que hacen que produzcan semillas estériles dotadas de un enzima que impide su germinación, obliga a los agricultores a volver a comprar la simiente para la próxima cosecha a las mismas compañías y en las condiciones exigidas por ellas.

    Como pueden ver, no dan ni una. Es cierto que en una ocasión, una, se detectó que una variedad de soja genéticamente modificada para elevar su contenido en metionina podía provocar reacciones alérgicas a las personas que padecían alergia a la nuez de Brasil, planta de la que procedía el gen insertado en la soja. Pero el problema se detectó en la fase de investigación y la variedad nunca llegó al mercado. Claro que las historias de miedo sobre los organismos genéticamente modificados (OGM) poseen una variabilidad genética muy superior a la de cualquier planta o animal: a partir de ese único caso se pasó a hablar de peligros para las personas alérgicas al cacahuete o la fresa y, en un paso posterior, la hipotética alergia a provocada por algún gen procedente de la fresa se transformó en esa rocambolesca historia de los peces árticos. Historia que probablemente venga de esta otra, bastante más prosaica y menos terrorífica, ¿verdad?

    De hecho, a pesar de esas historias para no dormir, a estas alturas no hay constancia de ningún problema de salud causado por el consumo de OGM, y el motivo de su práctica prohibición para el consumo humano en Europa no es realmente la seguridad alimentaria (ese “principio de precaución” que tiene truco, como cuenta Juan Ignacio Pérez Iglesias), sino más bien la pura y simple economía, y en concreto la protección de los agricultores europeos frente a la importación de productos agrarios más baratos procedentes de terceros países. Porque la historia que cuenta el libro sobre las cuestiones económicas en torno a los OGM es tan falsa como… bueno, como la de los genes terminator: el negocio de las multinacionales es el de las semillas patentadas, y en ese sentido poco importa si son transgénicas, convencionales o incluso ecológicas. Y ya puestos, casi mejor que sean convencionales o ecológicas que transgénicas, teniendo en cuenta que buena parte de los OMG que están llegando al mercado han sido desarrollados por organismos públicos de países en desarrollo y puestos libremente a disposición de sus agricultores. Vamos, que no me extrañaría que esas grandes multinacionales se frotasen las manos viendo como las cuestiones realmente preocupantes respecto a su modelo de negocio quedan ocultas gracias a esa demonización de los OGM:

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    Pero bueno, no piensen ustedes que el libro se limita a sembrar entre los chavales el pánico ante las plantas con cuernos, las mazorcas de maíz que muerden o los tomates de película de terror de serie B; también plantea soluciones. Vean, vean:

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    Que la agricultura ecológica produzca alimentos más saludables que los obtenidos mediante agricultura convencional es bastante dudoso (tan dudoso como el único artículo científico que sostiene tal cosa), pero que sea suficientemente productiva es algo que simplemente no se sostiene, hasta el punto de que ya están surgiendo alternativas mucho más sensatas como la llamada “producción integrada“. De modo que, por mucho que se empeñen los autores del libro, estos productos no nos van a mantener a salvo del ataque de los malvados tomates con pico retorcido (sí, el dibujito me ha impresionado). Menos mal que el texto nos proporciona otros interesantes trucos de salud, que van desde la mención de terapias de pacotilla:

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    Hasta la recomendación de prácticas sin ningún fundamento pero, eso sí, muy de moda y muy coherentes con el miedo infundado que pretende infundir en los alumnos:

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    En fin, que ya ven que la editorial Bruño (que es la responsable del engendro) se ha lucido. Así nos va.

    P.S.: Gracias a J.C. Vaqué por el aviso y las fotos.

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